LA
GUERRA DE MINAS en la 1ª.Guerra Mundial
(Autor Dan Daly)
La
guerra de minas es casi tan antigua como la guerra misma. Ya
500 años antes de Cristo está documentado el uso
en China de galerías excavadas bajo los muros de una
ciudad sitiada con el fin de socavar sus cimientos y abrir de
esta forma brechas en los muros defensivos al derrumbarse éstos,
como paso previo y necesario a un asalto general. Desde entonces,
cada vez que un asedio se ha prolongado y se ha considerado
insuficiente para rendir una plaza el bombardeo o el simple
asalto directo, se han excavado galerías bajo sus muros.
En la antigüedad, se procedía al derrumbe de los
muros quemando los maderos que servían de entibación
al horno de mina (el extremo final de la mina); con la llegada
de la pólvora, se llenaba el horno de mina de explosivo
y se hacía detonar, consiguiendo un mayor efecto.
Alguien
podría pensar que con la llegada de la artillería
moderna de grueso calibre este primitivo sistema de guerra de
posiciones había llegado a su fin. Nada más alejado
de la realidad; muchas fortificaciones modernas de bajo perfil
con espesos muros de tierra habían demostrado ser bastante
eficaces frente a los cañones a finales del siglo XIX y
principios del XX, de manera que en 1914 la táctica del
minado y las unidades de minadores seguían en plena vigencia.
La guerra
de minas fue muy empleada en la Gran Guerra, aunque pocas veces
con resultados claramente satisfactorios. La estabilización
y posterior atasco tanto en el Frente Occidental como en el
Frente Alpino, y la aparición de fortificaciones de campaña
(sistema de trincheras) cada vez más densas y complejas,
junto con la escasez de artillería pesada en muchos sectores
y la necesidad de atacar por sorpresa al enemigo (sorpresa que
era imposible si antes del asalto se había bombardeado
durante horas o días), hicieron que en muchos sectores
y durante cierto tiempo se practicara de forma intensa este
antiguo sistema de lucha.
Esquema
alemán sobre minado y contraminado (no a escala). Se
puede apreciar la mina alemana y la contramina francesa.
La práctica
de la guerra de minas era conceptualmente bastante simple, pues
consistía en aplicar las técnicas de minería
civil a la guerra (de hecho, la mayoría de los minadores
habían sido mineros en la vida civil). Una vez el atacante
había escogido el objetivo a atacar, se excavaba un pozo
de mina en un lugar oculto al enemigo. Con el desarrollo del
reconocimiento aéreo, esto no siempre era fácil,
pues no sólo había que ocultar el pozo sino también
todo el movimiento de hombres, materiales, maquinaria y tierras
excavadas. Cuando el pozo alcanzaba la profundidad requerida
(entre 20 y 25 metros como mínimo, aunque dependía
de la distancia a excavar y tipo de terreno) se comenzaba a
excavar en dirección al enemigo, a veces no en línea
recta (había que pensar en la explosión posterior)
y generalmente con una ligera pendiente hacia arriba (si había
filtraciones de agua, ésta se acumularía en el
pozo y podría ser drenada con facilidad, de otra forma
podría ser un problema). La galería se excavaba
con maquinaria o con pico y azada (dependiendo de la disponibilidad,
el terreno, etc.) y se sostenían las paredes y el techo
con entibación de madera (lo más normal) o de
metal (más raro). Las galerías mejor construidas
disponían de iluminación eléctrica, teléfono
y sistemas de renovación del aire, así como de
carriles para vagonetas de transporte. En muchos casos, llegados
a cierta distancia del objetivo, la galería se dividía
en varios ramales y cada uno de ellos acababa en un horno de
mina, que sería llenado de explosivos poco antes de su
detonación.
Galería
de mina alemana en 1916: se pueden apreciar los cables de teléfono
y eléctricos, la tubería para renovación
del aire y una vagoneta de transporte.
El atacado
no estaba del todo indefenso frente a las minas enemigas. Aparte
de la observación aérea, había diversos
sistemas de escucha y detección de ruidos subterráneos,
desde los más simples (cubos con agua con un soldado
siempre pendiente de si el agua hacía ondas) hasta geófonos
(micrófonos aplicados a la minería); y por supuesto
siempre estaban los soldados enemigos capturados a los que se
hacía hablar. Una vez enterados de que había una
mina en construcción, la forma de atacarla era el contraminado,
es decir, excavar una mina defensiva cerca de la mina atacante
(por lo general por debajo) y volarla con explosivos. Esta forma
de lucha se convertía así en una guerra de nervios,
pues los minadores de uno y otro bando nunca estaban seguros
de si habían sido o no detectados por el enemigo y siempre
estaban pendientes de cualquier ruido que no produjeran ellos
mismos. Hubo algunos casos en los que ambas minas estaban tan
cerca que una se derrumbaba sobre otra, encontrándose
así los enemigos por sorpresa y desarrollándose
en la penumbra una breve pero brutal lucha.
Vista
actual de la colina de Vauquois: embudos de mina (1), primera
línea alemana (2) y primera línea francesa (3).
En los Alpes,
el minado más conocido es el de la montaña de
Col di Lana, en los Dolomitas. Los italianos volaron el pico
el 17 de abril de 1916 y lo conquistaron posteriormente, a pesar
del estallido anterior de una contramina austriaca.
El sector
de Vauquois en el Frente Occidental fue uno de los más
activos en este tipo de guerra. Desde febrero de 1915 a agosto
de 1916 hubo casi un centenar de detonaciones de minas, conjuntamente
con bombardeos artilleros y en medio de furiosos combates por
la conquista de los puntos altos del sector. La más importante
fue una mina alemana cargada con 50 toneladas de explosivos,
que estalló el 14 de mayo de 1916 produciendo un embudo
de 80 metros de diámetro. También en el cercano
sector de Les Éparges tubo lugar un intenso minado, especialmente
en febrero de 1915, donde el día 17 los franceses detonaron
cuatro grandes hornos.
El primer día de la batalla del Somme también
estallaron potentes minas, especialmente alrededor de La Boisselle.
Pero probablemente el minado más célebre de la
guerra fue el realizado por los británicos en la sierra
de Messines, célebre por su magnitud y por el éxito
de la operación. Desde enero de 1917 los minadores británicos
realizaron un intenso trabajo subterráneo excavando 22
minas de cara a la batalla prevista en junio. Los alemanes sabían
que se estaba minando la zona, pero desconocían la intensidad
de los trabajos: la mina más larga tenía 658 metros;
con todo, una contramina alemana consiguió destruir una
de las minas británicas. Cuando el 7 de junio estallaron
19 de las 21 minas restantes con cerca de 450 toneladas de explosivos
la sorpresa debió de ser total para los alemanes. De
las dos minas restantes, una estalló accidentalmente
años después de la guerra y la otra sigue sin
estallar.
Después
de la Gran Guerra, la guerra de minas se practicó de
forma cada vez más esporádica (en nuestra Guerra
Civil, por ejemplo), pues la moderna guerra mecanizada, el desarrollo
de la aviación y la ausencia de largos asedios hacían
innecesaria este tipo de lucha.
Fuentes: “Ver y comprender Verdun”,
de Ediciones Mage. ; “WWI Trench Warfare”, de Osprey.;
“La Primera Guerra Mundial”, de Carroggio.; “Grandes
Batallas de la Primera Guerra Mundial”, de Livesey.; Wikipedia.
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