Rafael de SOBREMONTE
(Sevilla, 1745 - Cádiz, 1827),

Tercer marqués de Sobremonte, fue un aristócrata, militar y administrador colonial español, que llegó a ser virrey del Río de la Plata, y fue acusado de cobarde por el pueblo de Buenos Aires al huir de dicha ciudad, al producirse las invasiones inglesas de 1806.


La HUIDA

Sobremonte se hallaba ya fuera de la ciudad, y decidió retirarse, trasladándose a Córdoba. Desde la época de Vértiz existía una disposición que ordenaba que, si Buenos Aires era atacada por una fuerza extranjera y no se podía conservar la capital, debía hacerse un repliegue hacia el Interior y organizar la defensa en Córdoba. De esa manera se podía conservar el resto del Virreinato, y reconquistar la capital con probabilidades de éxito. Sobre todo, ni el virrey ni su familia debían caer en manos de los invasores, para no ser obligado a firmar órdenes de rendición.

Eso fue lo que hizo Sobremonte. Por cierto, su defensa no fue nada feliz, pero no huyó por cobardía, sino por salvar el Virreinato aunque cayera la capital. La acusación más absurda fue la de querer robarse el tesoro, cuando lo que hacía era salvarlo del enemigo, dado que era eso mismo lo que Popham había ido a buscar.

Buenos Aires representaba muy poco en la economía virreinal en aquella época, y Sobremonte apuntó a consolidar la posición militar en Córdoba, reunir las fuerzas necesarias, y procurar la reconquista sobre bases militarmente sólidas antes de que pudiesen llegar refuerzos desde Inglaterra.[1] Por otro lado, entendía que armar al pueblo para la defensa implicaba la entrega de poder a los criollos.[2]

Al frente de 2.000 hombres y llevando el tesoro real, el virrey se trasladó hacia Luján. Allí dejó el tesoro, que no podía transportar por el mal estado de los caminos en invierno, y siguió camino a Córdoba. Las milicias porteñas lo abandonaron en su mayor parte, negándose a abandonar sus hogares.

Una vez tomada oficialmente la ciudad de Buenos Aires por el jefe inglés, los comerciantes locales le ofrecieron los caudales públicos a cambio de la devolución de los barcos y lanchas que había tomado y de los capitales privados que se había llevado Sobremonte.[3] Escribieron al virrey, pidiéndole la entrega del tesoro que se había llevado, y guiaron a los ingleses hasta el cabildo de Luján. Allí los invasores se apoderaron del tesoro, enviándolo inmediatamente a Londres, donde fue paseado en triunfo camino a las bóvedas de un banco (sin saber que ya hacía un mes que los porteños habían recuperado la ciudad)