GOBIERNO DE LA DEFENSA

El 16 de diciembre de 1842 Manuel Oribe, al frente de tropas integradas a partes aproximadamente iguales por orientales y argentinos, derrotó a Fructuoso Rivera en la batalla de Arroyo Grande. Oribe había resignado en 1838 la presidencia de Uruguay, tras su derrota en la guerra civil que se inició con el levantamiento de Rivera en 1836 y la batalla de Carpintería.

La pugna entre los orientales se mezcló con la guerra civil argentina entre los federales de Juan Manuel de Rosas, con quienes se alió Oribe, y los unitarios, aliados de Rivera. Después de Arroyo Grande, Oribe avanzó sobre Montevideo, a la que puso sitio el 16 de febrero de 1843. Se inauguró el Sitió Grande, un largo período de ocho años en los que la situación no tendría cambios sustanciales. Podía preverse un rápido y triunfal ataque a la ciudad que, si bien conservaba aún parte de sus fortificaciones, era mucho más vulnerable que a principios del siglo XIX. Si ello no se produjo fue debido a la conmixtión de una serie de factores nacionales e internacionales, pero sobre todo por la férrea voluntad de un grupo de dirigentes que elevaron la defensa de la estrecha plaza a un alto nivel de idealismo y que se consideraron adalides de la civilización y la libertad.

En 1843 Rivera era aún presidente de la República, pero se hallaba en la campaña reuniendo fuerzas para reorganizar la lucha. El 15 de marzo terminó su mandato y, con casi todo el territorio del país en poder de las fuerzas de Oribe, resultaba imposible realizar las elecciones; de modo que el Parlamento nombró como titular provisorio del Poder Ejecutivo a Joaquín Suárez, hombre oscuro y de cualidades intelectuales nada brillantes, pero de gran prestigio personal por su independencia de criterios y honestidad. Entre los personajes que lo rodearon destacaron con perfiles propios Manuel Herrera y Obes, que ocupó el ministerio de Exteriores, Melchor Pacheco y Obes, ministerio de Guerra, Francisco J. Muñoz y el joven Andrés Lamas, Jefe político de Montevideo y más tarde diplomático en Brasil. Hasta su muerte en 1847, también fue influyente la figura de Santiago Vázquez. Eran los herederos directos del antiguo Club del Barón que rodeó a Carlos F. Lecor durante la Provincia Cisplatina, y representaban al patriciado urbano inspirado en Europa, imbuido de liberalismo, enemigos de los caudillos y de los autoritarismos personales, pese a lo cual no vacilaron en procurar su apoyo . En este esquema, el aceptar y fomentar la ayuda extranjera no afectaba en absoluto su nacionalismo; antes bien, veían en este apoyo la conmixtión de fuerzas civilizadoras en combate contra la barbarie caudillesca y los nuevos señores feudales, los grandes hacendados ecuestres del medio rural de los que Rosas era ejemplo arquetípico. Estaban convencidos de que Oribe era apenas un lugarteniente del tirano de Buenos Aires y que, de triunfar la causa que defendía, la independencia de Uruguay habría desaparecido.

Durante los ocho años que duró el Sitio Grande hubo en Montevideo muchos más extranjeros que orientales ; soldados franceses, italianos, ingleses y vascos se sumaron a la causa, a veces por identificación con los principios, a veces en carácter de simples mercenarios. Particular trascendencia tuvo la participación del condottiero italiano Giuseppe Garibaldi, quien, al frente de sus tropas personales, combatió con más entusiasmo que éxito hasta que, en 1848, la grave conmoción que sufría su patria lo motivó a regresar a ella. Si Garibaldi actuó en Montevideo por idealismo o como un simple soldado profesional es un dilema que la historio¬grafía de Uruguay ha abordado con escasa objetivi¬dad y notorio embanderamiento. También ejercieron fuerte influencia los emigrados argentinos, todos unitarios, entre los que destacaron los generales José María Paz y Juan Lavalle y civiles como José Rivera Indarte, Florencio Varela (asesinado en marzo de 1848), José Mármol, Juan Bautista Alberdi o Domingo Faustino Sarmiento, que vivió un breve período en la ciudad. En el plano militar fueron destacándose entre los sitiados algunos oficiales jóvenes, que jugarían un papel decisivo en años posteriores: Venancio Flores, Anacleto Medina, César Díaz y Lorenzo Batlle.

En 1846 finalizó el período legislativo, y la imposibilidad de convocar a elecciones determinó que el gobierno de J. Suárez creara dos organismos que debían cumplir la función legislativa: la Asamblea de Notables y el Consejo de Estado. Ejercieron con severidad el control del Ejecutivo, lo que generó numerosos conflictos. Pese a las tareas de defensa militar, se realizó una intensa labor de gobierno que incluyó la creación del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, la inauguración de la Casa de la Moneda, del Instituto de Instrucción Pública y la puesta en funcionamiento de la Universidad de la República (18 de julio de 1849), que había sido fundada por Oribe en 1838.

En 1842, antes de la formalización del sitio, el gobierno de Rivera había decretado una discutida abolición de la esclavitud que sólo era realmente efectiva para quienes se integraban al Ejército. Particular interés tiene la relación entre el caudillo Rivera y el gobierno de la Defensa, que distaron de ser idílicas. En principio todos los integrantes del bando antioribista reconocían a Rivera como su jefe natural ; pero después de la batalla de Arroyo Grande el jefe derrotado cayó en desgracia y comenzaron a cuestionar su autoritarismo y su escaso respeto a las leyes (el mismo escaso respeto que lo había llevado a la segunda presidencia y había catapultado a altos cargos de gobierno a muchos de los que entonces lo criticaron). Después de descender de la presidencia Rivera se dedicó a organizar la lucha en la campaña, pero en marzo de 1845 sufrió una catastrófica derrota en la batalla de India Muerta ante Justo J. de Urquizá y se refugió en Brasil. De inmediato el gob. de la Defensa lo destituyó de sus cargos militares y nombró en su lugar a Anacleto Medina. Se aprobó también una disposición que prohibía el retorno de Rivera a Uruguay salvo autorización expresa del Ministro de Defensa. El caudillo fue puesto en prisión por los brasileños, que lo acusaban de conspirar junto a los caudillos riograndenses republicanos y separatistas. El gobierno de Montevideo lo designó entonces representante en Paraguay, con la esperanza de mantenerlo retirado del país al tiempo que hacía algo por su libertad; pero el gobierno de Brasil le negó el permiso para viajar a Asunción al tiempo que lo liberaba y lo embarcaba en la goleta "Perla" rumbo a Montevideo. Llegó Rivera a esa ciudad el 18 de marzo de 1846 y de inmediato organizó una rebelión capaz de devolverle influencia política y militar. Con parte de las guarniciones militares y numerosa población civil en actitud de insubordinación ("Se viene el patrón”; era la consigna) en favor del formidable caudillo, el gobierno intentó prohibir su desembarco y aun le ofreció un cargo diplomático en Europa, que fue orgullosamente rechazado. En un último esfuerzo por liberarse de Rivera el gobierno, por influencia de la Sociedad Nacional (una agrupación de destacados ciudadanos enemigos de Rivera, presidida por Santiago Vázquez), decretó su destierro. Pero el 1° de abril de 1846 se sublevaron el batallón de vascos, los negros libertos que formaban parte de la infantería y otras fuerzas comandadas por C. Díaz y V. Flores, pidiendo la liberación de Rivera. El efecto fue inmediato: Melchor Pacheco y Obes dimitió de su cargo de comandante general de Armas y se embarcó hacia Europa, los ministros Santiago Vázquez y Francisco J. Muñoz renunciaron y el gobierno anuló su decreto y autorizó el desembarco del caudillo. Rivera descendió del barco en loor de multitudes, del brazo de su esposa (que había sido el centro de la conspiración). El nuevo ministro de Guerra, José A. Costa, lo designó de inmediato general en jefe del Ejército de Operaciones, y el gobierno, buscando aliviar sus responsabilidades ante quien era otra vez el "hombre fuerte"; lo nombró gran mariscal de la República. De inmediato se incorporaron a la Asamblea de Notables una serie de personalidades cercanas al caudillo, y dos patricios de rancia estirpe -Gabriel Antonio Pereira y Miguel Barreiro - pasaron a ocupar los ministerios de Gobierno y Hacienda y de Relaciones Exteriores, respectivamente. La política que el siempre volátil Rivera impulsaba en ese momento era la de procurar un acuerdo "entre orientales" con Oribe, buscando la evacuación de todas las tropas extranjeras de uno y otro bandos, y la normalización de la vida política del país. Esto era inadmisible para los idealistas "doctores" de la Defensa, que consideraban al fundador del Partido Blanco un subordinado a las apetencias expansivas del tirano Rosas. Hubo intercambio de correspondencia entre Oribe y Venancio Flores, y se entrevistaron delegados de ambos caudillos. El gobierno de J. Suárez no autorizó estas tratativas, tras lo cual dimitieron Pereira, Barreiro y el propio Flores, que se marchó del país. Pero Rivera, otra vez en la campaña, continuó procurando una negociación con Oribe, apoyado en algunos éxitos militares (toma de Mercedes, toma de Paysandú en diciembre de 1846, con graves excesos por parte de los agresores). Pero en enero de 1847 el caudillo fue totalmente diezmado en el Cerro de las Animas (Tacuarembó) por las tropas blancas que conducían Ignacio Oribe y Servando Gómez, los que reconquistaron de inmediato Paysandú y Mercedes. El gobierno de la Defensa, en el que Manuel Herrera y Obes había vuelto a ocupar los ministerios de Gobierno y Relaciones Exteriores, desconoció las gestiones de Rivera ante Oribe. El caudillo persistió en su intento e hizo llegar al presidente del Cerrito una propuesta de paz de ocho condiciones (fin de la guerra, devolución de propieda¬des confiscadas, elecciones, etc.). El gobierno , entonces, decretó la destitución de Rivera de todos sus car¬gos y ordenó su extrañamiento de la República "por todo el tiempo que dure la presente guerra”.

El 4 de diciembre de 1847 los coroneles Lorenzo Batlle y Francisco Tajes detuvieron al derrotado Rivera en Maldonado y lo deportaron a Brasil en un buque francés. El caudillo no regresaría hasta 1854 para morir en Melo, apenas pisado territorio oriental.

Los doctores de la Defensa sabían que la posibilidad de resistir y de volcar el conflicto a su favor se basaba en el apoyo de Francia y Gran Bretaña, e hicieron todas las gestiones posibles para no perderla. Pero en 1849, después de la victoria de Rosas sobre la intervención anglo-francesa y de los tratados Howden-Arana (1847) y Le Predour-Arana (1849), ese soporte quedaba anulado y la suerte de Montevideo parecía echada. El gobierno envió entonces dos misiones diplomáticas al exterior; una a cargo de Melchor Pacheco y Obes a Francia, en procura de que ese país mantuviera su apoyo a la Defensa, que no tuvo éxito (aunque logró que Alejandro Dumas firmase un opúsculo propagandístico titulado Montevideo o la nueva Troya) y la otra a cargo de Andrés Lamas, quien viajó a Río de Janeiro para intentar la intervención imperial en el conflicto. Esta segunda misión diplomática corrió paralela a las gestiones de Manuel Herrera y Obes ante el caudillo entrerriano Urquiza, muy distanciado de Rosas. En estas negociaciones el gobierno de la Defensa obtuvo un notable éxito diplomático que le permitió salvar su comprometida situación y ganar la guerra.

El 12 de octubre de 1851 (aniversario de la batalla de Sarandí) Andrés Lamas firmó con Brasil los célebres cinco tratados por los cuales, entre otras cosas, Uruguay renunciaba a todo derecho sobre el territorio de las Misiones Orientales a cambio de la intervención de Río de Janeiro en una guerra que, paradójicamente, ya había terminado: cuatro días antes, el 8 de octubre, se había firmado el tratado de paz entre Oribe y Urquiza en el que, bajo la engañosa fórmula de que no había "ni vencidos ni vencedores” ; se dejaba la totalidad del territorio oriental bajo la égida del gobierno de la Defensa.

La historiografía blanca ha tratado con extrema dureza a los hombres que sostuvieron la enconada resisten¬cia de Montevideo, acusándolos de haber vendido la mitad del país para salvar sus intereses. En el otro extremo, los historiadores colorados han glorificado a la Defensa consagrando a sus dirigentes como los salvadores de la independencia nacional ante las pretensiones expansivas de Rosas, y han acusado a Oribe de traidor. Estas interpretaciones maniqueas no reflejan sino los puntos de vista de los que combatieron en aquellos bravos años, que no parecen haber sido superados. Los hombres del Cerrito creían defender la soberanía nacional ante la constante presencia extranjera, y levantaron la "causa americana” ; antimperialista y nacional. Los de la Defensa, cargados de idealismo liberal, creyeron siempre ser los sostenedores de la nacionalidad oriental agredida por un tirano y, más hondamente, representar la causa de la libertad y la civilización ante la barbarie de los caudillos, incluso los que transitoriamente los apoyaron.-

Fuente : Enciclopedia del Uruguay